Archivo mensual: septiembre 2016

“Jan Gehl, el arquitecto que lleva 50 años trabajando por la ciudad sin coches”

Interesantísima entrevista al arquitecto danés Jan Gehl:

“El arquitecto que con su obra defiende la sostenibilidad de las grandes ciudades, defendiendo un modelo donde las personas, y no los automóviles, tomen las calles.” 

Jan Gehl. (Artículo del país. 11-09-2016)

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Ciudad, izquierda y memoria. El caso del Edificio España

“Ciudad, izquierda y memoria. El caso del Edificio España”

(Por: Luis Suárez)

En el periódico Público ha aparecido en días pasados una original contribución al debate social que viene desarrollándose desde hace meses alrededor del destino del emblemático Edificio España madrileño (‘Edificio España: nuevas políticas de izquierdas, viejos símbolos de derechas’, revista CTXT, 10-08-2016). Un sugerente artículo firmado por Miguel Caballero que enfoca el tema en el marco de las políticas de memoria histórica, y cuya tesis puede resumirse en la paradoja en la que supuestamente incurre la izquierda al defender la conservación, parcial, del Edificio España, cuando este no sería sino un emblema franquista. Una reflexión que se inscribe en el debate siempre abierto sobre patrimonio cultural y memoria democrática.
Aun coincidiendo con algunas premisas que el autor sostiene (las incoherencias y escaso fundamento de la política de memoria histórica de la actual corporación municipal madrileña; el origen especulativo del edificio y su sentido como imagen de la pretendida modernización del régimen dictatorial, por citar un par de ellas), creo sin embargo que pueden y deben discutirse, o matizarse, algunos de los supuestos en que se basa y que paso a comentar (los entrecomillados corresponden a citas literales del artículo comentado).
Supuesto 1. El Edificio de España es un monumento
‘¿Por qué la arquitectura es diferente al callejero urbano o la escultura, en cuestión de memoria?’
El artículo hace escasa referencia a la naturaleza del inmueble en tanto que edificio con uso y aprovechamiento económico y social, es decir, como contenedor para actividades urbanas concretas, y pieza singular en el tejido de la ciudad. No hay duda de que cualquier edificio posee una faceta estética, paisajística, y en algunos casos monumental (con toda razón el autor haba de ‘la monumentalidad de ciertos edificios, su naturaleza escultórica y su potencial identitario’), pero en general su valor primordial o central es su capacidad de albergar dichos usos y aprovechamientos, y para dinamizar la vida urbana. Capacidad que otorga un valor social específico a los edificios frente a otros monumentos, obras o testimonios históricos.
De este valor se deriva justamente la dimensión comercial, y por extensión, especulativa, pasada, actual y futura, tanto de este edificio como de cualquier otro espacio urbano, con independencia de que sus valores culturales o artísticos puedan a su vez incrementarla por criterios estéticos y de prestigio.
Expresado de otra manera: ¿Se sabe de algún banco o magnate (chino o no) dispuesto a desembolsar varios cientos de millones de euros por un monumento franquista, tal como han hecho por este edificio?
En resumen, matización 1: el Edificio España no es un monumento sino un edificio monumental.
Supuesto 2. El edificio, y en particular la fachada frontal, son un símbolo franquista que debe eliminarse
    ‘…un rascacielos con diseño de arco triunfal…’ ‘…el Edificio España lleva la marca de la autarquía.’
    ‘En lugar de defender con tanto ahínco la preservación de la fachada, como hace ahora, debería proponer el derribo de la misma.’
Este podría ser un argumento original de M. Caballero, pues por lo que yo sé no se ha suscitado en el debate público sobre este edificio antes mencionado. Con independencia de la discutible interpretación de la composición de su fachada principal (el supuesto arco triunfal, en todo caso nada obvio; de hecho casi cualquier pórtico puede tener un aire triunfal), un tan estricto análisis histórico-memorialista de la arquitectura realizada durante el franquismo llevaría a la descalificación de toda ella, simplemente por una tara congénita o de origen, tanto si se trata de edificios monumentales, por su arrogante triunfalismo, como de obras menores, por su populismo paternalista y alienante, descalificación en todo caso más moral e ideológica que política o social, e incluso estética y cultural.
Aquí de nuevo sería pertinente la diferenciación entre edificios y monumentos. Por muy emblemático y representativo que un edificio pueda ser, como el que nos ocupa, su lectura en clave ideológica no deja de ser, en general, un ejercicio culto e interpretativo. En cambio, en términos de percepción social, ni la fecha concreta de su construcción y su contexto histórico, ni su posible intencionalidad propagandística, resultan relevantes frente a su valor icónico e identitario, su impacto en el paisaje urbano, y su asociación con usos y actividades atractivas, singulares, incluso míticas, para el imaginario colectivo.
La interpretación histórica-ideológica de un edificio civil y privado como este, tiene un sentido radicalmente diferente a la que suscita y obliga un monumento público, en especial si este es decididamente apologético y propagandístico de un determinado régimen criminal, como tantos que nos legó la dictadura. Eso sin entrar en el cuestionable criterio a favor de demoler toda obra representativa de un previo régimen totalitario.
Dicho también de otra manera: ¿La contemplación de la fachada del Edificio España ofende la sensibilidad ciudadana al punto de que esta debiera ser demolida por pura higiene democrática?
Matización 2: Eliminar todas las obras supuestamente triunfalistas heredadas de un sistema dictatorial no dejaría de ser otro ejercicio incivilizado de limpieza ideológico-cultural.
Supuesto 3. La calidad del edificio es tan pobre que no merece su preservación
    ‘La decoración neobarroca que corona la construcción alude al pasado imperial y está hecha de granito, la piedra preferida por los arquitectos del franquismo para construir la retórica grandilocuente e hispanista de la posguerra.’
    ‘… su esqueleto es de hormigón armado, un método prácticamente obsoleto para este tipo de construcciones en aquel entonces.’
Aunque el autor sólo alude de refilón al escaso valor arquitectónico del edificio, tanto desde el punto de vista tecnológico como estilístico, creo necesario mencionar el argumento porque sí se ha manejado con abundancia en el reciente debate social y profesional (y también mediático) sobre la preservación o no del Edificio España.
De nuevo nos encontramos con un criterio que, por una parte, resulta un tanto difuso y discutible, y por otra, en el caso de aplicarse con rigor, obligaría a someter a la piqueta a un número incalculable de edificios.
Este edificio ha sido también valorado como un ejemplo singular de transición entre estilos y conceptos arquitectónicos (los últimos estertores del tradicionalismo, historicismo, neobarroco o neoclasicismo, frente al movimiento moderno y el racionalismo, por citar algunas tendencias), en el marco de los debates y tensiones de un fecundo momento de la historia de la cultura y la arquitectura, y en el asfixiante contexto autárquico del franquismo de posguerra. Como se ha dicho en alguna ocasión, para la historia de la cultura tiene tanto interés la preservación de las muestras más vanguardistas de un determinado periodo como la de las resistencias coetáneas de los modelos ya decadentes, discusión que en todo caso no cabe en este texto.
Pero por encima de cuestiones opinables sobre el valor cultural de un edificio, a la hora de decidir sobre su valor patrimonial y por lo tanto sobre su posible preservación obligatoria, a mi juicio deben prevalecer otros criterios más objetivos tales como su importancia y singularidad histórica y urbanística, o su representatividad y percepción social. Se trata así no tanto de aplicar baremos estilísticos o estéticos actuales (siempre en fuerte grado subjetivos) a la arquitectura heredada, sino de partir del reconocimiento del hecho urbano como una obra colectiva y gradual, es decir, de un bien patrimonial en su conjunto, testimonio excepcional (por ser al tiempo nuestro propio hábitat) de la historia de nuestra sociedad, del que nosotros, aquí y ahora, solo somos unos breves beneficiarios transitorios obligados a transmitirlo en las mejores condiciones a quienes nos sucedan.
Desde esa perspectiva, todo lo que está edificado es en definitiva documentación histórica. Y todo lo que está edificado y tiene un uso social (por oposición, de nuevo, a lo que comúnmente denominamos monumentos) es, además, un bien útil y vivo. Reutilizar la ciudad heredada, mejorándola en lo necesario, habitándola en suma, es la forma más adecuada de preservarla. Lo que por supuesto no significa que no se pueda demoler y en su caso sustituir ninguna construcción heredada: hay una variedad de situaciones y circunstancias en las que hacerlo puede ser una necesidad, siempre, claro, que el inmueble a demoler no tenga valores específicos y singulares.
En otras palabras: ¿En base a qué derecho o justificación podríamos arrogarnos la licencia de eliminar una etapa histórica de la ciudad, negándosela a las generaciones venideras?
Matización nº 3: Fea o hermosa, moderna o anticuada, la edificación y organización del espacio habitado refleja los valores, capacidades y realidad de su época. Borrar esa realidad o intentar reescribirla desde nuestra visión actual mediante una suerte de depuración estética es una forma de adulterar, falsificar, la historia.
Supuesto 4. La izquierda defiende sólo la conservación de la fachada del edificio
    ‘La izquierda se emplea a fondo para contrarrestar la neoliberalización, pero () hay un romanticismo un poco vano del paisaje, y donde todo se reduce a la forma exterior, la fachada, que es lo único que les parece importante conservar, sin reflexionar sobre lo que esa fachada simboliza…’
Por una parte, el autor parece reducir la izquierda madrileña a su expresión municipal, es decir, a la actual corporación de la candidatura progresista Ahora Madrid. Sin embargo, son muchos los colectivos y entidades que con todas sus variantes podrían incluirse en una laxa clasificación de izquierda y que vienen reclamando la preservación integral del Edificio España, con argumentos más o menos semejantes a los anteriormente expuestos en esta nota, y con algún otro de similar relevancia como el enorme impacto medioambiental y despilfarro de recursos que conllevaría la demolición y reconstrucción del edificio.
Por otra parte, tal vez por falta de conocimiento sobre los antecedentes normativos y urbanísticos del culebrón del Edificio España, el autor atribuye a la actual corporación municipal algo (la exigencia de preservar parte de las fachadas) que de hecho es una herencia de la anterior corporación del PP bajo la alcaldía de la Sra. Botella. Dicha corporación, cediendo a la presión de la propiedad del edificio, rebajó su nivel de protección, que era ‘estructural’ (protegiendo la totalidad de los componentes fundamentales del edificio), para dejarlo en ‘parcial’, reduciendo en concreto la parte protegida, no susceptible de demolición, a la fachada principal y parte de las laterales, en un vano e incoherente intento de guardar las apariencias.
La corporación de Ahora Madrid ha optado por no revisar o cuestionar esa decisión debido seguramente al coste que pudiera suponer para el Ayuntamiento el previsible recurso de la propiedad en caso de una vuelta a la protección estructural del edificio.
Al respecto cabe también recordar que un edificio es un objeto unitario concebido para su particular función cuyos diferentes componentes están indivisiblemente articulados entre sí para atender dicha función; ninguna de sus partes sobra, ninguna tiene sentido por sí misma. Políticas y normas que establecen protecciones parciales de edificios contradicen o desafían así la misma esencia de la arquitectura, convirtiendo ésta en mera escenografía vaciada de todo sentido.
En el caso del Edificio España el desatino de su protección parcial resulta aún más absurdo en la medida en que las fachadas protegidas no son siquiera los elementos de más valor o interés del edificio. Y, para rizar el rizo, el mantenimiento de las actuales fachadas y la demolición y reconstrucción del resto supone un desafío realmente temerario tanto desde el punto de vista técnico como económico.
Matización 4ª: Ni la izquierda madrileña es sólo la representada por la agrupación electoral Ahora Madrid, ni esta es la responsable de la desprotección ‘a la carta’ del edificio, sino la anterior corporación municipal del PP.
Concluyendo
‘() las comunidades de cualquier tipo () acceden a su inconsciente colectivo a través de los mitos (). Los monumentos pueden funcionar en buena medida como materialización de esos mitos.’
Para bien o para mal, este disputado edificio, con sus sucesivas vidas, muertes y renacimientos, forma parte ya no solo de la historia sino de la leyenda de esta ciudad. Los ríos de tinta que ha provocado a lo largo de su existencia, de los que el propio texto de Caballero es muestra y relato, atestiguan su singularidad. ¿Será precisa su demolición, víctima del ‘inconsciente colectivo’, para que adquiera mayor relieve aún como mito?
Esperemos que el ‘consciente colectivo’ del pueblo madrileño no lo permita, y este mito siga vivo, enriqueciendo su historia y la de nuestra ciudad.